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T.S. Elliot, 1890.

"¿Dónde quedó el conocimiento que hemos perdido en la información y dónde quedó la sabiduría que hemos perdido en el conocimiento?"
(T.S. Elliot, The Rock, Canto I, 1890)

viernes, 21 de agosto de 2009

Del turismo al peregrinaje… resacralización de la Tierra.


El Renacimiento de la Naturaleza, 1994.
Rupert Sheldrake

Transcripción libre de Pasajero en tránsito


Aunque los espíritus de los lugares eluden el análisis en términos de la ciencia mecanicista, su importancia es implícitamente reconocida por los turistas que visitan los sitios famosos por sus cualidades e historias particulares. El turismo es una gran industria moderna, que mueve miles de millones de dólares al año. Muchos de los lugares que actúan como imanes para los turistas son antiguos lugares de poder sagrado: por ejemplo, Stonehenge, la abadía de Wetminster, Glastonbury y Iona, en Gran Bretaña; los templos tumbas y las pirámides en Egipto; cuevas como las de Lascaux y catedrales como la de Charles en Francia; los templos de los Mayas en México; los templos vivos en la India y Bali; las ciudades santas de Roma y Jerusalén; las montañas sagradas del Himalaya (o de los Andes, inserción mía).

El turismo parece una forma secularizada o inconsciente de peregrinaje. Muchas atracciones turísticas fueron lugares de peregrinación en el pasado, y algunas lo son aún. Pero mientras que el peregrino visita un lugar consagrado, como un acto de devoción religiosa; el turista lo recorre como un espectador más o menos despreocupado. El peregrino participa de las cualidades sagradas del lugar y de las observancias religiosas que en él se practican; el turista, no. Los peregrinos agregan algo al poder de un lugar sagrado; los turistas lo sustraen.

El factor primordial del peregrinaje es la intención. Si viajamos como peregrinos a un lugar sagrado, tenemos la esperanza de recibir una inspiración o una bendición, o deseamos dar las gracias. Podemos enriquecer nuestra intención con las historias de ese lugar y su espíritu, enterándonos de las experiencias que otras personas tuvieron allí. El viaje en sí es una parte del peregrinaje, igual que la llegada y, como no buscamos comodidades, nos resulta más fácil responder de modo positivo a cualquier dificultad que surja.


Conviene que la aproximación final se realice a pie, para experimentar una sensación del lugar y adaptarse al ritmo antiguo de la marcha. A menudo se acostumbra a circunvalar en torno de un punto sagrado, como reconocimiento de su centralidad. En la mayoría de las tradiciones, se gira en el mismo sentido que el Sol o que las agujas del reloj, pero en algunas como los Bon del Tibet y los musulmanes de La Meca, en sentido contrario. Al entrar en el centro sagrado, normalmente se realizan algunas ofrendas, por ejemplo se enciende velas o incienso. Quizá se rece. Y a veces se recibe algo (por ejemplo agua bendita) para compartir con quienes nos aguardan en el hogar.

Creo que es mucho lo bueno que podría obtenerse de un cambio de actitud, que convierta de nuevo a los turistas en peregrinos. Ir a un lugar sagrado como turista empobrece la experiencia, pero acudir como peregrino la enriquece. En nuestras vidas personales y colectivas, la transformación del turismo en peregrinaje tiene una parte importante que desempeñar en la resacralización de la Tierra.

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