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T.S. Elliot, 1890.

"¿Dónde quedó el conocimiento que hemos perdido en la información y dónde quedó la sabiduría que hemos perdido en el conocimiento?"
(T.S. Elliot, The Rock, Canto I, 1890)

miércoles, 28 de julio de 2010

¿Cómo se adquiere el conocimiento de los mundos superiores? (V)

Serie: Algunas escuelas de desarrollo espiritual: Steiner (V)
Autor: Rudolf Steiner, 1918.
Transcripción libre de Pasajero en tránsito.

ILUMINACIÓN


La iluminación parte de procesos muy sencillos. Aquí también se trata de desarrollar ciertos sentimientos y pensamientos que se hallan latentes en todo ser humano y que deben despertar. Únicamente cuando estos sencillos procesos se llevan a cabo con firme paciencia y perseverancia infinita, se llega a la percepción de las "formas luminosas internas". El primer paso consiste en observar, de manera especial, diversos seres naturales: por ejemplo, una piedra transparente de hermosas facetas (un cristal), una planta y un animal. Concéntrese primeramente toda atención en comparar la piedra con el animal de tal modo que los pensamientos lleguen al alma, acompañados de intensos sentimientos, sin permitir que otro pensamiento ni sentimiento se introduzca ni perturbe lo que ha de ser observación intensa concentrada. El discípulo se dirá: "La piedra tiene forma; también el animal; la piedra permanece inmóvil en su lugar; no así el animal que cambia de lugar. Es el instinto, el deseo, lo que origina la movilidad del animal, instinto a cuyo servicio se halla también su forma: los órganos y los miembros del animal están modelados de acuerdo con los instintos; no así la forma de la piedra, estructurada por una energía carente de deseo"[1]. Al sumergirse uno intensamente en estos pensamientos observando la piedra y el ani­mal con atención sostenida, brotan en el alma dos géneros de sentimientos muy distintos: el uno emanado de la piedra, el otro del animal. Probablemente no se tendrá buen éxito al empezar, pero poco a poco, con pacientes ejercicios, surgirán estos sentimientos. Lo indispensable es perseverar en su práctica. Al principio existirán dichos sentimientos sólo mientras dure la observación, después persistirán, hasta que finalmente se transformen en algo que perdura en el alma. Llegado este momento basta que el discípulo se ensimisme para que ambos sentimientos aparezcan incluso sin observación de objeto externo alguno.

De estos sentimientos y de los pensamientos que los acompañan se forman los órganos de la clarividencia. Si sigue a las anteriores la observación de la planta, se notará que el sentimiento que ella provoca ocupa el punto medio, entre los que se derivan de la piedra y del animal tanto por su carácter como por su grado de intensidad. Los órganos que en este caso se forman son los ojos espirituales, con los que paulatinamente se aprende a ver algo así como colores psíquicos y espirituales.  Pero el mundo espiritual, con sus líneas y sus figuras, permanecerá obscuro en tanto que el estudiante no haya asimilado mas que lo que se ha descrito como "probación"; con la ayuda de la iluminación ese mundo se aclara. Es necesario insistir una vez más que las palabras "obscuro" y "claro", así como las demás expresiones empleadas, sólo indican aproximadamente lo que se quiere decir. No puede ser de otra manera al recurrir al lenguaje corriente que solamente es adecuado para el mundo físico. Ahora bien, la ciencia oculta denomina "azul", o "azul-rojizo", lo que para los órganos de la clarividencia emana de la piedra, y "rojo", o "rojo-amarillento", lo que se percibe como procedente del animal; en realidad, lo que se ve son colores de orden espiritual. El color que emana de la planta es "verde", y tiende paulatinamente hacia un rosado claro etéreo. La planta es el ente de la naturaleza cuya constitución en los mundos superiores hace recordar, en cierto modo, la que tiene en el mundo físico. No sucede lo mismo con la piedra y el animal. Hay que tener presente que los colores arriba mencionados representan solamente la tonalidad principal de los reinos mineral, vegetal y animal, pues en realidad existen todos los matices intermedios. Toda piedra, toda planta, todo animal, posee el suyo particular. Además, existen los seres de los mundos superiores que nunca encarnan físicamente y que despliegan colores ora admirables, ora horribles. La variedad de colores en esos mundos superiores es infinitamente mayor que en el mundo físico.

Una vez alcanzada la facultad de ver con los "ojos espirituales", el hombre encuentra, tarde o temprano, a tales seres, superiores o inferiores al hombre, seres que jamás entran en la realidad física.

Al llegar a este punto, muchos son los caminos que se abren ante el hombre, pero no es aconsejable ir más lejos sin observar cuidadosamente lo que el investigador espiritual haya dicho o impartido. Siempre lo mejor es seguir las indicaciones de tal dirección experimentada. Por otra parte, si un hombre tiene en si la fuerza y la perseverancia para adquirir los grados rudimentarios de la iluminación, seguramente buscará y encontrará la guía acertada.

En todo caso se requiere una precaución sin la cual lo más sensato es renunciar a todo discipulado oculto: el discípulo no ha de perder ninguna de sus cualidades de hombre noble y bueno ni su  receptividad para toda realidad física; por el contrario, durante su discipulado debe aumentar continuamente su fuerza moral, su pureza interior y su poder de observación. Por ejemplo, durante los ejercicios iniciales de la iluminación, ha de procurar que crezca constantemente la simpatía hacia todo hombre y todo animal, así como la sensibilidad a las bellezas de la naturaleza.  De descuidarlo se embotarían sus sentimientos y su sensibilidad por tales ejercicios; su corazón se endurecería, su mente se tornaría indolente, y todo ello lo conduciría a peligrosos resultados.

El cómo se lleva a cabo la iluminación ascendiendo el discípulo, gracias a los ejercicios antes   descritos: desde la piedra, la planta y el animal hasta el hombre, y el cómo, tras esa iluminación se presenta finalmente la unión del alma con el mundo espiritual, lo que conduce a la iniciación; es lo que se tratará en los capítulos siguientes, hasta donde sea posible.

En nuestra época son muchas las personas que buscan el camino hacia la ciencia oculta, búsqueda a veces por medios peligrosos y hasta reprobables.  Por este motivo, quienes conozcan algún aspecto  de la verdad de este asunto deben proporcionar a los demás la posibilidad de aprender algo de la disciplina oculta.  En lo que corresponda se imparte en esta obra esta posibilidad para impedir que el error llegue a causar graves daños. Por el método que se señala, nadie puede correr peligro si no trata de forzar las circunstancias. Lo siguiente ha de tenerse presente: ninguna persona debe consagrar a los ejercicios más tiempo y energías que los que su situación y deberes le permitan. No ha de pretender cambiar nada de las ccondiciones externas de su vida para seguir el sendero oculto. Si se desean resultados serios, hay que tener paciencia; saber interrumpir la meditación después de algunos minutos, continuar tranquilamente el trabajo acostumbrado, y ningún recuerdo de los ejercicios ha de mezclarse con las actividades cotidianas. El que no ha aprendido a esperar, en el mejor y más alto sentido de la palabra, no sirve para discípulo y no llegará  jamás a resultados de un  valor real.

DOMINIO DEL PENSAMIENTO Y DEL SENTIMIENTO


Cuando el discípulo busca el camino de la ciencia oculta por los métodos descritos en el capítulo anterior, debe fortificarse con un pensamiento persistente en el curso de su labor: repetirse constantemente que quizá ha realizado progresos bastante notables después de algún tiempo, aunque no se le evidencie  en  la  forma que  él  posiblemente esperaba. Quien no tenga esta actitud   interna, puede desarmarse y abandonar todo esfuerzo al cabo de poco tiempo. Las energías y facultades que hay que desarrollar son, al principio, de índole sumamente delicada, y difieren completamente en su naturaleza de la idea previamente formada por el estudiante, sólo acostumbrado a ocuparse del mundo físico. Ocultos a sus sentidos y pensamientos el mundo   espiritual y el anímico, no es de extrañar que no le sea posible darse cuenta inmediatamente de los poderes espirituales y psíquicos que en él se desenvuelven. En esto radica una posible fuente de duda para todo aquél que huelle el sendero sin acogerse a la experiencia de los investigadores competentes. El investigador espiritual se dará cuenta del progreso del discípulo mucho antes de que éste tenga conciencia de ese progreso; sabe cómo se van formando los delicados ojos espirituales  antes que su discípulo sea consciente de ello y gran parte de sus instrucciones tienden precisamente a evitar que el discípulo, por no haber llegado al conocimiento propio de sus progresos, pierda la confianza, la paciencia y la perseverancia. El instructor espiritual no puede dar a su discípulo nada que este no posea ya en estado latente, y su misión ha de limitarse a ayudarle en el despertar de sus facultades adormecidas. Ello no obstante, lo que transmite de sus propias experiencias es sostén para el discípulo que quiere abrirse paso de la oscuridad a la luz.

Muchos abandonan el sendero de la ciencia espiritual poco después de haber entrado en él, porque no notan inmediatamente sus progresos. Incluso cuando se presentan las primeras experiencias superiores, el discípulo a menudo las considera ilusorias, pues había formado ideas muy distintas de lo que pensaba iba a experimentar y se desanima, ya sea porque con­sidera fútiles estas primeras  experiencias, ya sea porque le parezcan de poca categoría para conducirle en tiempo no lejano a un resultado apreciable. El Ánimo y la confianza en si mismo son las dos antorchas que nunca deben apagarse en el sendero hacia la ciencia espiritual. Además no irá muy lejos quien no sea capaz de repetir con toda paciencia, sin cansarse, un ejercicio en el que aparentemente haya fracasado un sin número de veces.

Mucho antes de tener la percepción clara del avance logrado, surge de las profundidades del alma un sentimiento indefinido de que se halla en buen camino. Conviene cultivarlo y vigorizarlo, ya que puede convertirse en seguro guía. Ante todo es necesario eliminar la idea de que para llegar al conocimiento superior se requieren prácticas extrañas y misteriosas: hemos de partir de los sentimientos y pensamientos que integran la vida cotidiana y darles otro rumbo; esto es todo. Que cada uno empiece por decirse: "En mi propio mundo mental y afectivo yacen ocultos los misterios más sublimes, inadvertidos hasta ahora". Lo que quiere decir, en último análisis, que si bien el hombre es una integración de cuerpo, alma y espíritu, solo es propiamente consciente de su cuerpo, mas no de su alma ni de su espíritu. El discípulo adquiere conciencia del alma y del espíritu tal como el hombre común la tiene de su cuerpo.

De ahí que sea importante dar la correcta orientación a los sentimientos y los pensamientos, con lo cual se desarrolla la facultad de percibir lo que es invisible en la vida corriente. En lo que sigue se va a mostrar uno de los medios para lograrlo, en verdad algo muy sencillo, como casi todo lo que se ha descrito hasta aquí, pero de las mayores consecuencias si hay perseverancia y si el estudiante posee la disposición de ánimo que se necesita.

El estudiante observará la semilla de una planta y tratará de suscitar intensamente ante este  insignificante objeto los pensamientos apropiados, así como desarrollar, por su medio, ciertos  sentimientos. Que primero capte con claridad lo que realmente ve con sus ojos, describiéndose a sí mismo la forma, el color y todos los demás atributos de esa simiente.  Luego que se haga la siguiente reflexión: "De esta semilla, si se siembra, nacerá una planta de compleja estructura". Represéntese mentalmente esta planta; créese imaginativamente y lue­go reflexiónese en el sentido de: "Lo que ahora estoy concibiendo con mi mente, las energías de la tierra y de la luz lo harán realmente surgir después de esta semilla. Si tuviera ante mi un objeto artificial que imitara tan perfectamente esta semilla que mis ojos no pudieran distinguirla de una verdadera, ningún poder terrestre o lumínico sería capaz de producir una planta con ella".  Quien conciba esta idea con nitidez, derivando de ella una experiencia interior, podrá formar también el siguiente pensamiento, acompañándolo del sentimiento adecuado. Se dirá: "Lo que surgirá mas adelante de la semilla, existe ya en ella, en estado latente, como potencialidad de la planta entera. Esa potencialidad no mora en la imitación artificial; sin embargo, para mi vista, una y otra son idénticas. Existe, pues, en la semilla verdadera, algo invisible no contenido en la imitación". Es en ese algo invisible donde hay que concentrar el pensamiento y el sentimiento[2]. Imagine el estudiante que ese algo invisible se transformará, mas adelante, en planta visible, cuya forma y color podrá contemplar, y concéntrese en la idea: "Lo invisible se hará visible; si yo no fuera capaz de pensar, no podría sentir ahora presente lo que solo será visible mas tarde".

Debe darse particular énfasis al siguiente punto: lo que se piensa debe también sentirse intensamente. Con toda calma, el anterior pensamiento debe convertirse en experiencia consciente del alma con exclusión de todo otro pensamiento o perturbación, siendo necesario reservarse el tiempo suficiente para, que el pensamiento y el sentimiento que con él se relaciona, se incrusten en el alma, por decirlo así. Si esto se logra correctamente, entonces, al cabo de cierto tiempo, posiblemente después de muchos ensayos, se sentirá surgir una fuerza in­terior capaz de crear una nueva facultad de percepción. La semilla parecerá como envuelta en una nubecilla luminosa percibida de manera sensible-suprasensible, como una especie de llama cuyo centro evoca la misma sensación que se experimenta bajo la impresión del color lila, y el borde evoca la misma sensación que produce un color azulado. Así se torna visible lo que antes era invisible, creado por los pensamientos y los sentimientos que el discípulo ha despertado dentro de sí. Considerando que la planta no será visible sino mas tarde, lo in­visible a los sentidos se revela en esos instantes en forma espiritualmente visible.

No es de extrañar que muchos consideren todo esto como una ilusión y se pregunten: "¿De qué me sirven tales alucinaciones, tales quimeras?", y no pocos desistirán de su primer empeño y abandonarán el sendero. Pero lo importante aquí es precisamente no confundir la fantasía con la realidad espiritual en esta fase difícil de la evolución humana; más aun, sentirse animado para continuar adelante sin temor ni pusilanimidad.  Por otra parte, hemos de insistir en el constante cultivo del sentido común que sabe distinguir entre lo real y lo ilusorio. Durante todos estos ejercicios el discípulo no debe perder jamás el completo y consciente dominio de si mismo; así como pensar con la misma claridad y acierto con que enfoca los detalles y acontecimientos de la vida cotidiana. Sería fatal entregarse a quimeras, perder el claro juicio, o la cordura. Sería gravísimo error el que, debido a estos ejercicios, el hombre perdiera su equilibrio mental y se viera impedido de juzgar las cosas  de la vida cotidiana tan sana y acertadamente como antes. Por tanto, el discípulo debe examinarse continuamente para cerciorarse de que no sufre alteración alguna, de que sigue siendo el mismo hombre en medio de las circunstancias de la vida. Un apoyo firme en sí mismo y un sentido claro para todo; eso es lo que es preciso conservar. Ante todo hay que tener sumo cuidado de no abandonarse a vagas ensoñaciones ni entregarse a la práctica de cualquier ejercicio que se le sugiera. El encauce mental aquí enunciado ha sido probado y practicado desde la mas remota antigüedad en las escuelas ocultas; y solo esta orientación es la que se transmite en estas páginas. El que quisiera poner en práctica otra por el mismo concebida o sobre la que hubiese oído o leído aquí o allá, caería en error y pronto se encontraría en camino de las más absurdas quimeras.

Como siguiente ejercicio puede el discípulo practicar este otro: Colóquese frente a una planta en plena floración y con­céntrese la mente en la idea de que un día esa planta se marchitara y perecerá. "Nada perdurará de lo que tengo ahora ante mis ojos; pero llegado ese periodo la planta ya habrá engendrado en su organismo semillas que llegarán a conver­tirse en nuevas plantas. Y otra vez me doy cuenta de que en lo que mis ojos ven existe algo oculto que me es imposible percibir. Me compenetraré con el pensamiento: "Esta planta, con su forma y colores habrá dejado de existir en lo futuro; pero al engendrar semillas me lleva a pensar que no se aniquila en la nada. Lo que preserva a la planta de la desaparición se mantiene tan invisible a mi vista como la planta estaba antes oculta en el grano de la semilla. Existe, pues, en la planta algo que mis ojos no pueden ver.  Si dejo que en mí viva este pensamiento y a él uno el correspondiente sentimiento; al cabo de cierto tiempo se desarrollará un poder en mi alma que se convertirá en una nueva percepción". De la planta emerge una especie de llama espiritual, mayor en tamaño a la descrita anteriormente. Esta llama produce aproximadamente la sensación del color azul-verdoso en su parte media y rojo-amarillento en su borde exterior.

Los colores aquí descritos no se perciben de la misma manera como los ojos físicos ven los colores; sino que la percepción espiritual da lugar a una sensación parecida a la impresión física del color. Tener la percepción espiritual de lo "azul", significa que se siente algo similar a lo que se experimentando la mirada del ojo físico descansa sobre el color azul. Esto debe tenerlo en cuenta quien pretenda avanzar hacia las percepciones espirituales. De lo contrario no esperaría de lo espiritual mas que una repetición de lo físico, lo que le conduciría a la más amarga decepción.

Quien haya llegado a este grado de visión espiritual se hallará en posesión de un rico tesoro, pues se le revelarán los objetos del mundo externo, no solamente en su modo de ser actual, sino también en su proceso de crecimiento y decadencia; comenzará a percibir en todas las cosas el Espíritu del que nada sabe el ojo físico. Y es así como habrá dado los primeros pasos para llegar a comprender, por propia visión, el misterio del nacimiento y de la muerte. Para los sentidos exteriores, un ser nace con el alumbramiento y perece con la muerte. Las cosas parecen así sólo porque los sentidos no perciben el espíritu escondido en ese ser. Para el espíritu el nacimiento y la muerte son sólo una metamorfosis similar a la transformación que se opera en la planta ante nuestros ojos cuando del capullo surge la flor. Para reconocer esto por pro­pia visión se necesita despertar el sentido espiritual requerido mediante los métodos aquí señalados.

Para acallar desde un principio otra objeción que pudieran hacer ciertas personas dotadas de alguna experiencia psíquica, agregaremos lo siguiente: no queremos negar que haya caminos más cortos y métodos más sencillos así como que existan personas que han llegado por su propia visión a compren­der el fenómeno del nacimiento y de la muerte, sin haber pasado antes por las etapas descritas en esta obra. Efectivamente hay quienes poseen disposiciones psíquicas notables cuyo desarrollo requiere tan solo un leve impulse. Pero tales personas constituyen la excepción, mientras que la senda aquí indicada es camino seguro y válido para todos. Es posible, ciertamente, adquirir algunos conocimientos químicos por medios excepcionales; mas para llegar a ser químico hay que seguir los métodos reconocidos y dignos de confianza.

Sería un error de graves consecuencias suponer que con sólo imaginarse la planta o la semilla, con sólo representársela imaginativamente, se pueda llegar a la meta. Pueden cierta­mente lograrse resultados pero de una manera menos segura que la indicada. La visión a la cual se llegara sería, en la mayoría de los casos, espejismo de la fantasía, sin realizarse la auténtica visión espiritual. No se trata de crear visiones caprichosas, sino de que la realidad las cree dentro de uno mismo. La verdad ha de surgir de las profundidades de mi propia alma, conjurada, no por mi yo ordinario, sino por los seres cuya realidad espiritual pretendo percibir.

Cuando el discípulo, mediante tales ejercicios ha encontrado dentro de sí los rudimentos de la visión espiritual, ya puede elevarse hasta la contemplación del hombre mismo. Al principio debe elegir fenómenos sencillos de la vida humana; pero antes de hacerlo debe esforzarse en alcanzar la mas completa pureza de su naturaleza moral. El discípulo rechazará todo pensamiento que pueda tender a una aplicación de los conocimientos así adquiridos para satisfacer sus instintos egoístas. Se obligará a no utilizar jamás para el mal cualquier poder que pudiere adquirir sobre sus semejantes. De ahí que todo aquél que quiera conocer por visión personal los misterios de la naturaleza humana deba observar la regla de oro de la verdadera ciencia espiritual, y que reza así: si intentas dar un paso hacia el conocimiento de las verdades ocultas, da tres pasos hacia el perfeccionamiento de tu carácter. El que observe esta regla puede practicar ejercicios de la índole siguiente:

Evóquese la imagen de una persona a quien se haya observado cuando ansiaba algo. Concéntrese la atención sobre el deseo mismo. Lo mejor es evocar el momento en que el deseo había alcanzado su mayor intensidad, siendo todavía inseguro si esa persona podría o no satisfacer su deseo. Reflexiónese luego con intensidad sobre lo que de esto pueda recordarse manteniendo interiormente la más completa calma. Trátese, en la medida de lo posible, de permanecer ciego y sordo para todo lo que acontezca en torno suyo, y póngase especial atención de que surja en el alma un sentimiento, suscitado por la imagen representada. Permítase que ese sentimiento ascienda en uno mismo como una nube sobre un horizonte sereno. Naturalmente que, por regla general, la observación quedará interrumpida por no haber observado a la persona en cuestión durante suficiente tiempo en el estado de alma referido. El intento puede ser vano centenares de veces; mas no se debe perder la paciencia. Después de numerosos ensayos, el alma llegará a experimentar un sentimiento que corresponde al estado de ánimo de la persona observada y se notará, además, debido a ese sentimiento, que después de algún tiempo crece en el alma una energía que se convierte en visión espiritual del  estado psíquico de la otra persona. Aparecerá en el campo visual una imagen que da la impresión de algo luminoso, imagen que es la llamada manifestación astral del estado de deseo observado en aquella alma. Una vez mas la impresión de esta imagen pue­de ser descrita como semejante a una llama de centro rojo amarillento y borde azul rojizo o lila. Es menester tratar con delicadeza tal visión espiritual y lo mejor es no hablar de ella con nadie, a no ser con el propio guía, si se tiene. Porque si se intenta describir tal fenómeno por medio de palabras inadecuadas, frecuentemente se cae en crasos errores; se emplean las palabras usuales, no acuñadas para expresar seme­jantes cosas y, por tanto, demasiado burdas y torpes. Por otra parte el intento de expresar con palabras estas experiencias lleva a la tentación de hacer deslizar, entre las percepciones genuinas, toda clase de fantasías. Otra regla importante se impone aquí al discípulo: "Aprende a guardar silencio sobre tus visiones espirituales; debes callar aún ante ti mismo; no trates de expresar en palabras, ni de analizar con un intelecto desmañado, lo que percibes en espíritu. Abandónate despreocupadamente a tu visión espiritual sin perturbarla con demasiadas sutilezas, pues considera que al principio tu capacidad de reflexionar no iguala, en modo alguno, a tu nuevo poder perceptivo. Tu facultad razonadora la conquistaste en tu vida limitada hasta ahora al mundo físico y sensible; y lo que ahora estas conquistando sobrepasa esos límites. Abstente, pues, de aplicar a esas nuevas y más elevadas percepciones, el patrón de las antiguas". Sólo aquél que ya tenga alguna certeza en la observación de experiencias Interiores podrá hablar de ellas, estimulando así a sus semejantes.

Otro ejercicio puede completar lo ya descrito. Concéntrese de la misma manera la atención sobre el momento mismo en que a una persona se le satisface algún deseo, la realización de una esperanza. Si se observan las mismas reglas y las mismas precauciones que en el caso precedente, se llegará nuevamente a una visión espiritual. Se verá aparecer una forma-llama espiritual cuyo centro provoca   la sensación de lo amarillo y cuyo borde es experimentado como de color verde.

Observaciones de esta índole sobre nuestros semejantes pueden ser causa para el observador de un defecto moral: tornarse insensible e incomprensivo, y hay que evitar, por todos los medios, que esto suceda. Tales observaciones deben llevarse a cabo solamente por quien ya haya alcanzado un nivel tal que tenga la certidumbre absoluta de que los pensamientos son realidades; por consiguiente no deberá permitirse pensar de los demás en forma que los pensamientos sean incompatibles con el más profundo respeto a la dignidad y a la libertad humanas. No debe, pues, entrar jamás en nuestro ánimo la idea de que un hombre pueda ser para nosotros simple objeto de observación, por lo que paralelamente a cada observación oculta de la naturaleza humana, la auto-educación debe tender a respetar sin reserva el fuero interno de cada individuo y a reconocer la sagrada e inviolable naturaleza de lo que mora en todo ser humano. Ha de saturarnos un sentimiento de temor reverente ante todo lo humano, aun cuando se trate de representaciones recordativas.

Baste con estos dos ejemplos para ilustrar cómo puede lograrse la iluminación interior de la naturaleza humana, ya que sirvieron cuando menos para indicar el camino a seguir. Aquél que pueda encontrar el silencio y la calma interior indispensables para tal observación, se dará cuenta de haber conseguido una profunda transformación interna. Así alcanzará pronto el punto en que este enriquecimiento interior de su ser le confiera confianza y serenidad para su conducta externa, transformación que redundará en beneficio de su alma. Y así irá progresando, y así irá descubriendo caminos y medios para penetrar cada vez mas en aquella parte de la naturaleza humana que esta oculta a los sentidos exteriores, así es como llegará a la madurez necesaria para poder contemplar las relaciones misteriosas entre la naturaleza humana y todo lo que existe en el universo. Siguiendo este camino, el hombre se aproxima más y más al momento en que podrá comenzar a dar los primeros pasos en la iniciación, si bien antes de darlos una cosa más hace falta cuya necesidad al principio no capta el discípulo. Mas tarde sí.

Lo que el candidato debe aportar a la iniciación es valor e intrepidez desarrollados en determinado sentido. El discípulo debe buscar las oportunidades favorables al desarrollo de esas virtudes, así como cultivarlas metódicamente en la instrucción oculta. La vida misma es, sobre todo en ese sentido, una buena, quizá la mejor, escuela oculta. El discípulo debe saber enfrentarse serenamente a un peligro, tratar de superar las dificultades sin temor. Por ejemplo, frente a un peligro debe inmediatamente fortalecer su ánimo y llegar a la convicción de que: mi miedo de nada me sirve; no debo sentirlo; pensaré solamente en lo que hay que hacer. Y debe progresar hasta lograr que, en ocasiones en que antes estaba temeroso, sentimientos tales como el "tener miedo" o el "desalentarse" se conviertan en imposibilidades, al menos para su sentir mas íntimo. Mediante tal auto educación, el hombre desarrolla dentro de sí ciertos poderes bien definidos, necesarios para la iniciación en los misterios superiores. Así como el hombre físico necesita fuerzas nerviosas para utilizar sus sentidos corpóreos, del mismo modo el hombre psíquico tiene necesidad de la energía que sólo se desarrolla en las naturalezas intrépidas y valerosas. Quien penetra en los misterios superiores ve cosas que permanecen ocultas a la vista del hombre ordinario debido a los engaños de los sentidos; pero estos sentidos físicos que nos impiden contemplar la verdad superior, son precisamente por eso los bienhechores del hombre. Gracias a ellos ocúltanse para él cosas que le causarían una turbación tremenda por no estar debidamente preparado, y cuya vista no podría soportar. El discípulo debe capacitarse para resistir tales visiones. Pierde cier­tos apoyos del mundo exterior que se debían precisamente a la circunstancia de que él era presa de la ilusión. La situación es como si a alguien se le señalase un peligro al que hubiera estado expuesto durante mucho tiempo sin saberlo. Antes no sentía temor; pero ahora que lo sabe será presa del miedo, aunque no haya aumentado el peligro al conocerlo.

Las energías que actúan en el inverso son destructivas y constructivas; el destino de los seres que lo habitan es nacer y perecer. El vidente contemplará la acción de esas energías y el curso de ese destino; y ha de quitársele el velo que en la vida ordinaria cubre sus ojos espirituales. Tengamos presente, sin embargo, que el hombre mismo se halla íntimamente vinculado a dichas energías y a dicho destino: en su propia naturaleza existen fuerzas destructivas y constructivas, y su propia alma se le presenta tan desnuda como los demás objetos. Ante este conocimiento de sí mismo el discípulo no debe perder vigor, y para que no le falte, debe aportarlo en exceso. El camino es aprender a mantenerse sereno y tranquilo interiormente en las circunstancias difíciles de la vida y a cultivar dentro de si una firme confianza en las fuerzas benéficas de la existencia. Debe estar preparado para descubrir que ciertos móviles que hasta ahora le impulsaban dejan de hacerlo y para darse cuenta que antes frecuentemente pensaba y obraba porque era presa de la ignorancia. Dejarán de existir los motivos que antes le inducían. Por ejemplo, anteriormente obraba a menudo por vanidad; ahora comprenderá cuán indeciblemente fútil es toda vanidad para el que sabe; o bien por avaricia; ahora verá cuán destructiva es la avaricia. Y tendrá que desarrollar incentivos completamente nuevos para actuar y pensar, para lo cual es precisamente necesario el valor y la intrepidez.

Sobre todo se trata de cultivar ese valor y esa intrepidez en lo mas íntimo de la vida cogitativa. El discípulo debe aprender a no descorazonarse por fracaso alguno y ser capaz de pensar: "Voy a olvidar que nuevamente he fracasado en esta empresa y trataré de nuevo como si nada hubiera acontecido". Así se abre paso hacia la convicción de que los manantiales de energía del universo donde puede abrevar son inagotables. Aspira continuamente a lo espiritual que puede elevarlo y sostenerlo, aunque numerosas veces su ser terrenal haya resultado impo­tente y débil. Debe ser capaz de vivir mirando hacia el porvenir, sin dejarse turbar en esta aspiración por experiencia alguna del pasado. Cuando el hombre posea estas cualidades hasta cierto grado, estará maduro para conocer los verdaderos nombres de las cosas, lo que constituye la clave del saber superior, considerando que la iniciación consiste en aprender a designar las cosas del mundo por los nombres que tienen en el espíritu de sus divinos autores, nombres que encierran el secreto de las cosas. La diferencia entre el lenguaje de los iniciados y el de los no iniciados consiste en que los primeros conocen el nombre por el cual los seres fueron creados. El próximo capítulo tratará de la iniciación propiamente, hasta donde sea posible.


[1] El hecho a que se hace aquí referencia en su relación con la contemplación de los cristales, ha sido tergiversado de diversas maneras por quienes han oído hablar de ello solo en una forma, externa (exotérica) y así es como han surgido prácticas tales como la "visión en el cristal", etc. Tales prácticas se basan en interpretaciones erróneas. Se describen en muchos libros, pero nunca son el tópico de las genuinas enseñanzas esotéricas.
[2] Aquel que objetara que al examen microscópico el grano verdadero se distingue de su imitación, demostraría que no ha comprendido de que se trata. La Intención no es analizar el objeto sensible que uno tiene ante sí, sino utilizarlo para el desenvolvimiento de las fuerzas psíquico-espirituales.

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