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T.S. Elliot, 1890.

"¿Dónde quedó el conocimiento que hemos perdido en la información y dónde quedó la sabiduría que hemos perdido en el conocimiento?"
(T.S. Elliot, The Rock, Canto I, 1890)

jueves, 29 de julio de 2010

¿Cómo se adquiere el conocimiento de los mundos superiores? (VI)


Serie: Algunas escuelas del desarrollo espiritual: Steiner (VI)
Autor: Rudolf Steiner, 1918.
Transcripción libre de Pasajero en tránsito

LA INICIACIÓN

Todas las ilustraciones de Dalí.
La iniciación es el grado más alto de una disciplina oculta sobre el cual pueden aún darse indicaciones en una obra escrita, inteligibles pura la generalidad. Toda referencia sobre lo que existe más allá de ella es difícil de comprender; sin embargo, podrá encontrar el camino todo aquél que haya pasado por los misterios menores, a través de probación, iluminación e iniciación.

Sin la iniciación, el hombre no podría adquirir el saber y la fuerza que ella le confiere, sino en un futuro muy lejano, después de numerosas encarnaciones y por un camino y bajo una forma muy distintos. Quien ahora se inicie, experimenta algo que, de lo contrario, no conocería sino mucho más tarde y en circunstancias muy diferentes.

El hombre es accesible a los misterios de la existencia sola, en la medida que corresponde a su grado de madurez, y es por esta razón, la única, por la que existen obstáculos en el sendero hacia los grados superiores del saber y del poder. Nadie debe usar un arma de fuego hasta que tenga bastante experiencia para manejarla sin causar desgracias. Si una persona fuera iniciada hoy sin requisito alguno, carecería de la experiencia que irá adquiriendo durante sus futuras encarnaciones, experiencia indispensable antes que, dentro del curso normal de su evolución, se le revelen los misterios respectivos. De ahí que haya que sustituir aquellas experiencias por otra cosa en el umbral de la iniciación. El sustituto para dicha experiencia futura son las primeras instrucciones que se imparten al candidato a la iniciación. Se trata de las llamadas "pruebas" que él tiene que sufrir y que corresponden a la consecuencia normal de su evolución interna si se llevan debidamente a cabo los ejercicios, tal como han sido descritos en capítulos anteriores.

Estas "pruebas" se mencionan frecuentemente en libros y sus reseñas provocan, por lo regular, una idea bastante errónea de su naturaleza. Y es que quien no haya pasado por la probación y la iluminación nada puede conocer de ellas; no puede, por lo tanto, tampoco describirlas adecuadamente.

El candidato debe llegar a conocer ciertas cosas y hechos que pertenecen a los mundos superiores. Mas sólo puede verlos oírlos si está capacitado para las percepciones espirituales en forma de figuras, colores y sonidos, etc., mencionados al tratar de la probación y de la iluminación.

La primera "prueba" consiste en adquirir una visión mas adecuada de las cualidades corpóreas de las cosas inanimadas y, posteriormente, de las plantas, de los animales y del ser humano, que la que tiene el hombre común. Con esto no nos referimos a lo que hoy día se llama conocimiento científico, pues no se trata aquí de ciencia sino de videncia. Por regla general, el procedimiento consiste en que el candidato llega a comprender cómo los objetos de la naturaleza y los seres animados se manifiestan al oído y a la visión espirituales. En cierta manera, aparecen entonces ante el observador sin velo, desnudas. Las cualidades que se perciben son las que están ocultas para el ojo y el oído físicos; para la percepción sensoria están como cubiertas de un velo que se desvanece ante el candidato mediante el fenómeno denominado "purificación por el fuego espiritual". De ahí que esta primera prueba se llame la "prueba del fuego".

Para ciertas personas la vida ordinaria misma constituye una iniciación mas o menos inconsciente por la "prueba del fuego": son aquellas que pasan por amplias experiencias de una índole tal que su confianza en si mismas, su valor y su firmeza se vigorizan de manera sana, aprendiendo a la vez a soportar el dolor, las decepciones y los fracasos de sus empresas con grandeza de alma y sobre todo con calma y fuerza inquebrantable. Quien ha pasado por tales experiencias es muchas veces un iniciado sin darse cuenta cabal de ello, y le falta muy poco para abrir sus ojos y sus oídos espirituales y convertirse en clarividente. No debe olvidarse que una "prueba del fuego" genuina no tiene por objeto satisfacer la curiosidad del candidato. Ciertamente aprenderá a conocer verdades extraordinarias, de las que otros no tienen idea; pero esta adquisición del conocimiento no es meta, sino solamente medio de llegar a ella. La meta consiste en adquirir, gracias al conocimiento de los mundos superiores, una mayor y más firme confianza en sí mismo, un valor de grado elevado, una grandeza de alma y una perseverancia tales que generalmente no pueden adquirirse en el mundo inferior.

Después de la "prueba del fuego", el candidato puede aún retroceder, en cuyo caso continuaría su existencia fortificado moral y físicamente, y probablemente no reanudaría su iniciación sino en una encarnación subsecuente. Pero en su encarnación actual sería un miembro de la sociedad humana más útil que antes. Sea cual fuere la situación en que se encontrare, su firmeza, su circunspección, su entereza y su influencia bienhechora sobre sus semejantes, habrían aumentado.

Si el candidato, después de pasar por la "prueba del fuego", quiere continuar su disciplina oculta, deberá recibir instrucción sobre cierto sistema de escritura que en ella se emplea. Las enseñanzas ocultas propiamente tales, se dan a conocer en tal sistema de escritura, pues lo que constituye el carácter "oculto" de las cosas, no puede expresarse directamente, ya sea en palabras del lenguaje común o por la escritura corriente. Los que han aprendido de los iniciados, traducen sus enseñanzas al lenguaje común lo mejor que se puede. La escritura oculta, grabada en forma permanente en el mundo espiritual, se revelará al alma cuando esta haya adquirido la percepción superior; no se aprende a leerla como una escritura artificial. El candidato, por una expansión del alma, se acerca a la cognición clarividente y durante esta expansión comienza a desenvolverse, cual facultad psíquica, una energía que le impulsa a descifrar los acontecimientos y los seres del mundo espiritual como si fueran los caracteres de una escritura. Podría ocurrir que esta energía y, con ella, la experiencia de la prueba respectiva, surgieran por si solas en el curso de la evolución progresiva del alma. Sin embargo, se llega a la meta con más seguridad si se siguen las instrucciones de los investigadores espirituales experimentados que tengan facilidad en descifrar la escritura oculta.

Los signos de la escritura oculta no son ideados arbitrariamente, sino que corresponden a las fuerzas que operan en el mundo. Gracias a estos signos se aprende el lenguaje de las cosas. El candidato comprobará pronto que los signos que aprende a conocer corresponden a las figuras, colores, sonidos, que aprendió a percibir durante su probación e iluminación; descubrirá que todo lo anterior sólo era como un deletreo, y que ahora comienza a leer en el mundo superior. Se le revelará en un gran conjunto todo lo que antes era solamente figura, sonido y color aislados. Por primera vez alcanza la completa certidumbre en la observación de los mundos superiores. Antes, nunca podría afirmar si las cosas que había visto las había visto correctamente; ahora, por fin se hace también posible un regular entendimiento entre el candidato y el iniciado en los dominios del saber superior. Cualquiera que sea la relación entre un iniciado y otra persona en la vida ordinaria, aquél sólo puede impartir el saber superior en su forma inmediata valiéndose de este lenguaje de signos.

Por medio de él, el discípulo llegará a conocer también ciertas reglas de conducta para la vida, ciertos deberes de los que antes no tenía idea alguna. Una vez que conozca aquellas, será capaz de realizar actos de un significado y alcance que los de un profano nunca podrán tenerlos. Obra desde los mundos superiores. Las instrucciones para tales actos solo pueden captarse y entenderse en dicha escritura.

Hemos de manifestar, sin embargo, que hay personas capaces de llevar a cabo inconscientemente tales actos, es decir, sin haber cursado la disciplina oculta. Tales "benefactores del mundo y de la humanidad" pasan por la vida derramando bendiciones y beneficios; poseen, por razones que no  hemos de discutir aquí, facultades que parecen sobrenaturales. Lo único que los distingue del discípulo es que este actúa conscientemente y con clara e íntegra visión. El discípulo adquiere, mediante el estudio adecuado, los dones que aquellos han recibido de las potencies superiores para bien del mundo. Los privilegiados de Dios merecen veneración sincera, sin que esto implique que deba considerarse superflua la disciplina oculta.

Una vez que el discípulo haya aprendido la mencionada escritura simbólica, ha de sufrir otra  "prueba"; demostrar si puede moverse con toda libertad y seguridad en el mundo su­perior. En la vida ordinaria, el hombre actúa movido por causas externas; realiza tal o cual trabajo, porque las circunstancias le imponen este o aquel deber. Huelga insistir en que el discípulo no debe desatender ninguno de sus deberes en la vida ordinaria por el hecho de vivir en mundos superiores. Ningún deber en el mundo superior puede obligar a alguien a descuidar un solo deber de su vida corriente. Al convertirse en discípulo, el padre de familia sigue siendo buen padre de familia, la madre sigue siendo una buena madre, y ni el funcionario, ni el soldado, ni persona alguna deben sentirse desviados del cumplimiento de sus obligaciones. Por el contrario, todas las cualidades que constituyen la eficiencia de una persona en la vida, aumentan en el discípulo en un grado del cual el no iniciado no puede formarse idea. Y si el no iniciado tiene a veces otra impresión — lo que solo ocurre en casos aislados— eso proviene de que no siempre es capaz de juzgar equitativamente al iniciado. Lo que hace este último no es siempre comprensible para el primero. Pero esto sólo se observa en casos particulares, como ya queda dicho,

En este grado iniciático existen deberes para los cuales no hay móvil externo alguno. Las circunstancias exteriores no inducirán al discípulo a la acción, sino que se supeditará a las reglas de conducta que se le han revelado en el lenguaje oculto, En esta segunda "prueba" debe demostrar que, conducido por alguna de esas reglas, actúa con la misma seguridad y firmeza con que un funcionario cumple los deberes que le corresponden. Con este objeto, y en el curso de su disciplina oculta, el candi­dato se encontrará ante determinada tarea. Debe realizar una acción motivada por las percepciones resultantes de lo que aprendió durante la probación y la iluminación. La índole de su acción debe comprenderla por la escritura asimilada con anterioridad. Si reconoce su deber y obra correctamente, habrá salido airoso de esta prueba. Se comprueba el éxito por el cambio que se produce, gracias a la acción llevada a cabo, en las figuras, colores y sonidos percibidos por los ojos y oídos espirituales. En el curso de la disciplina oculta se precisa exactamente cómo aparecen y se experimentan esas figuras, colores, sonidos después de la acción, y el candidato debe saber cómo provocar tal cambio. A esta prueba se le llama la "prueba del agua", porque al actuar en estas regiones superiores, el hombre hallase privado de los apoyos que se derivan de las condiciones externas al igual que el nadador carece de sólido apoyo cuando se encuentra en aguas profundas. El procedimiento debe repetirse hasta que el candidato logre absoluto equilibrio y seguridad perfecta.

Yace también la importancia de esta prueba en la adquisición de una cualidad que desarrolla el hombre en breve tiempo mediante experiencias en el mundo superior a tan alto grado que requeriría muchas encarnaciones dentro de la evolución normal para alcanzarlo. El punto esencial es el siguiente: para producir el cambio referido, el candidato solo debe dejarse guiar por los resultados de su percepción superior y por la escritura oculta. Si entremezclara en la acción algo de sus deseos, opiniones, y siguiera, aunque sólo fuera por un momento, su propio capricho en vez de las leyes reconocidas como correctas, se produciría un resultado muy distinto del que se busca: el candidato perdería la dirección hacia su objetivo y el resul­tado sería la confusión. De ahí que esta prueba ofrezca al hom­bre amplia ocasión para desarrollar el dominio de sí mismo, lo esencial e importante. Esta prueba, pues, puede ser fácilmente trascendida por quienes, antes de la iniciación, hayan tenido oportunidad en su vida de adquirir ese dominio de sí mismo. El que haya conquistado la facultad de supeditarse a principios o ideales elevados, dejando de lado sus caprichos y predilecciones personales, y cumplido su deber incluso en los casos en que sus inclinaciones y simpatías hayan tratado de desviarle de ese deber, ya es inconscientemente un iniciado en medio de la vida ordinaria. Poco le falta para triunfar de esa prueba. De hecho, se necesita un cierto grado de inconsciente iniciación en la vida ordinaria para pasar la segunda prueba. Al igual que las personas que no han aprendido a escribir debidamente en la juventud, tropezaran con dificultades para salvar esa deficiencia en la edad madura, así también será difícil desarrollar el grado necesario de dominio de él mismo al ponerse en contacto con los mundos superiores, si no se ha adquirido cierto grado de esa facultad en la vida cotidiana. Las cosas del mundo físico no se alteran, sean cuales fueren nuestros deseos, anhelos e inclinaciones; no así en los mundos superiores donde todo esto es causa que genera efectos. Si queremos producir un resultado particular en esos mundos, es necesario que seamos completamente dueños de nosotros mismos y nos atengamos exclusivamente a las reglas apropiadas, sin obedecer capricho alguno.

Una cualidad humana de particular importancia en esta fase de la iniciación, es el juicio acertado e incuestionablemente sano. Esta cualidad debe haber sido objeto de cultivo en todas las fases precedentes, pero es en este periodo en el que se pondrá en evidencia si el candidato se halla capacitado para seguir el verdadero sendero del conocimiento. Sólo podía progresar si sabe discernir entre la realidad y la ilusión, la fantasmagoría vana, la superstición, así como toda clase de espejismos. Al principio ese discernimiento es más difícil en las fases superiores de la existencia que en las inferiores. Todo prejuicio, toda opinión rutinaria debe desaparecer; sólo la verdad ha de servir de guía. Hay que estar siempre dispuesto a abandonar inmediatamente toda idea, toda opinión, toda tendencia, cuando el pensamiento lógico así lo exija. La certidumbre de los mundos superiores sólo puede adquirirse cuando se está presto a renunciar a la propia opinión.

Las personas cuya mentalidad tiende a la fantasía y a la superstición no pueden progresar en el sendero oculto. Un bien de gran valor ha de adquirir el discípulo: dejar de dudar de la existencia de los mundos superiores, pues con sus leyes se revelan a su mirada; pero ellos le son inasequibles en tanto sea presa de espejismos e ilusiones. Sería fatal para él que la fantasía y los prejuicios arrastrasen su intelecto. Es por eso que los soñadores y quiméricos, al igual que la gente supersticiosa son tan poco adecuados, para el sendero oculto. Nunca insistiremos suficientemente en ello. El ensueño, la ilusión y las supersticiones, son los enemigos más peligrosos que acechan en el sendero del conocimiento. Sin embargo, no hay que creer que el discípulo se vea privado de un sentido poético de la vida o de la facultad del entusiasmo por el hecho de hallarse en el portal que conduce a la segunda prueba iniciática, a través de estas palabras: "Abandona todo prejuicio"; o por haber leído ya en la puerta que conduce a la primera: "Sin buen sentido común, serán vanos todos tus pasos".

Cuando el candidato ha progresado suficientemente en ese sentido, le aguarda la tercera "prueba", que no le señala ningún objetivo definido: todo se deja en sus propias manos. Se halla en tal situación que nada lo impele a obrar, solo y por sí mismo debe encontrar su camino. No existe cosa ni persona que pueda estimularlo a obrar. Nada ni nadie pueden darle la fuerza que necesita: únicamente él mismo. Si fallara en encontrar dentro de él esta fuerza, quedaría pronto en el mismo lugar que antes; pero pocos serán los que, habiendo pasado airosamente por las pruebas anteriores, carezcan de esa fuerza al llegar a este punto. O se ha fracasado ya antes, o se tiene éxito en este momento. Todo lo que el candidato necesita es entrar rápidamente en conexión consigo mismo, pues aquí debe encontrar a su "Yo superior" en el sentido más real de la palabra. Debe decidirse con rapidez a captar en todo la inspiración del Espíritu. Ya no es posible la vacilación o la duda; de existir, aunque fuera sólo por un instante, se demostraría que no hay madurez todavía. Todo cuanto impida prestar oído al Espíritu debe vencerse valientemente. Lo fundamental en esta situación es mostrar presencia de ánimo, cualidad cuyo desarrollo perfecto es asimismo la meta en esta etapa de la evolución. Como todos los estímulos que antes tenía para actuar y hasta para pensar, dejan de existir, el discípulo no debe perderse a sí mismo, so pena de caer en la inercia: el único punto firme que puede servirle de sostén lo hallará dentro de sí. Nadie que lea esto sin estar familiarizado con estos tópicos, debiera sentir antipatía por este principio de confinación en sí mismo, porque el éxito en esta prueba significa para el candidato la más perfecta bienaventuranza.

Para esta etapa, lo mismo que en los casos anteriores, la vida ordinaria es para muchos una disciplina oculta. Si una persona ha llegado a ser capaz de tomar decisiones inmediatas sin demora ni vacilación al verse confrontada súbitamente con alguna tarea o problema de la vida, la vida misma ha significado disciplina. Las situaciones apropiadas son aquellas en las que la acción eficaz depende de una rápida resolución. Quien esté listo para obrar frente a una desgracia inminente cuando unos momentos de vacilación significarían su actualización; quien sepa convertir en cualidad personal permanente este don de decidir con prontitud, habrá alcanzado, sin saberlo, la madurez para la tercera "prueba", ya que lo que importa para ella es el desarrollo de una cabal presencia de ánimo. En la disciplina oculta se la denomina "prueba del aire", porque el candidato no se puede apoyar en el terreno firme de los motivos externos, ni en sus experiencias de los colores, figuras, que ha conocido en la Probación y en la Iluminación, sino exclusivamente en sí mismo.

Cuando el discípulo ha pasado por esta prueba puede entrar en el "templo del conocimiento superior", al cual podemos referirnos solo en forma muy alusiva. El requisito que ahora se impone se caracteriza a menudo diciendo que el discípulo debe prestar "juramento" de no "traicionar" las enseñanzas ocultas; pero estas expresiones de "juramento" y "traicionar" no son, en manera alguna, adecuadas y en verdad inducen al error. No se trata de un juramento en el sentido ordinario de la palabra; sino más bien de una experiencia que se presenta en esta etapa evolutiva. El discípulo aprende cómo poner en práctica el saber oculto y cómo utilizarlo en servicio de la humanidad; comienza a comprender realmente el mundo. No se trata de privar a los demás de las verdades superiores, sino más bien de saber presentarlas juiciosamente y son el tacto necesario. El silencio sobre ellas se refiere a algo completamente distinto. El discípulo se asimila, pues, esta sutil cualidad en relación con mucho que anteriormente constituía tema de conversación y, especialmente, en relación con la manera en que se conducían semejantes conversaciones. Un pobre iniciado sería quien no pusiera al servicio del mundo, y en la medida más amplia posible, los conocimientos superiores que hubiera adquirido. La única limitación para transmitir el conocimiento en estas materias es la falta de comprensión por parte de quien lo recibe. Es cierto que los misterios superiores no se prestan para conversaciones triviales; pero no existe "prohibición" al­guna de hablar de ellos para quien se haya elevado al grado de evolución descrito. Ninguna otra persona ni ser le impone "juramento" alguno en ese sentido: todo se deja bajo su propia responsabilidad. Lo que aprende es a resolver exclusivamente por si mismo lo que tiene que hacer en cada situación. Y el "juramento" significa simplemente que se ha vuelto capaz de asumir tal responsabilidad.

Cuando el candidato haya alcanzado la madurez necesaria por las experiencias descritas, recibirá lo que se llama simbólicamente el "elixir del olvido". Esto significa que se le transmite el secreto de cómo obrar sin encontrarse continuamente turbado por la memoria inferior. Esto le es necesario pues él ha de tener siempre plena confianza en la actualidad inmediata. Tiene que saber destruir los velos del recuerdo que circundan al hombre en cada instante de su vida. "Si juzgo lo que se me presenta hoy, de acuerdo con lo que experimenté ayer, me expongo a múltiples errores". Naturalmente esto no quiere decir que deba renunciar a la experiencia ya adquirida en la vida, sino retenerla siempre como presente hasta donde sea posible. El iniciado debe tener la facultad de juzgar toda nueva expe­riencia por si misma, dejándola obrar sobre su ánimo sin que el pasado la enturbie. "Debo estar preparado en todo momento para que cada cosa o cada ser pueda revelarme algo completa­mente nuevo. Si juzgo lo nuevo de acuerdo con lo antiguo, estoy sujeto a error. El recuerdo de las experiencias pasadas me es de suma utilidad, precisamente porque me permite percibir lo nuevo; de no tener cierta experiencia, tal vez estaría ciego a las cualidades existentes en el objeto o en el ser que a mi viniera". La experiencia debe servir precisamente para captar lo nuevo, no para juzgarlo en virtud de lo antiguo. El iniciado adquiere en este sentido facultades bien definidas que le revelan muchas cosas, ocultas para el no iniciado.

El segundo "elixir" que se ofrece al iniciado es el del "recuerdo". Gracias a él adquiere la facultad de tener siempre presentes en su alma los misterios superiores; no bastaría el recuerdo ordinario. Debe el discípulo identificarse por completo con las verdades superiores y ser uno con ellas. No es suficiente conocerlas, sino tener la capacidad de manifestarlas e infundirlas en acciones vivas, en forma tan común y natural como el comer y el beber. Esas verdades han de transformarse en práctica, hábito, tendencia. No debe haber necesidad de reflexionar sobre ellas en el sentido ordinario; han de convertirse en expresión viva a través del hombre mismo, fluir en él como las funciones vitales en su organismo. Así el hombre va acercándose progresivamente, en un sentido espiritual, a la misma altura en que lo sitúa la naturaleza en un sentido físico.

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